martes, 1 de mayo de 2012

Dos papas, dos Méxicos

Era el 26 enero de 1979. Una multitud aguardaba expectante el momento en el que el avión DC-10, proveniente de República Dominicana, arribara al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Al abrirse la compuerta apareció la figura de un hombre vestido de blanco, que abría los brazos al presentarse ante su grey; bajó por la escalinata con una franca sonrisa y, al llegar a tierra, se postró para besar el suelo mexicano. Finalmente había llegado. 



Aunque no era la primera vez que un Sumo Pontífice visitaba América,  pues Pablo VI había visitado Colombia en 1968, sí era la primera vez que uno de ellos visitaba México, por lo que se produjeron a su alrededor muchas expectativas. "No sé qué sea un Papa, pero lo queremos conocer" explicaban algunos indígenas oaxaqueños entrevistados por los medios. Miles de mexicanos verían por primera vez a quien se había señalado como el Vicario de Cristo. La curiosidad por ver esa figura mítica, al representante mismo de Dios, llevó a miles de personas a salir a las calles para ver pasar a ese personaje, o bien a seguir por la televisión y radio cada uno de los pasos y de las expresiones de ese "visitante distinguido". En el país que visitaba Juan Pablo II apenas tenía cabida la diversidad. Predominaba un partido político, un modo de vivir la sexualidad y un modo de vivir la religiosidad. De acuerdo con las cifras del Departamento de cultos de la Secretaría de Gobernación, el número de católicos en el país era de 61 200 000, lo cual representaba a más del 91% de la población  total del país. 

 
 A pesar de que comenzaban a verse las primeras fracturas al interior de la institución debido a la influencia de la Teología de la Liberación, el papel de la Iglesia Católica como rectora de los modos de pensar y de vivir imperaba. Era una Iglesia por encima del pueblo. Treinta y tres años después México recibió a otro Pontífice, a Benedicto XVI quien, a  diferencia de su antecesor, llegó a un México mucho más diverso. El catolicismo sigue siendo el credo predominante, pero el número de opciones religiosas ha crecido. Al protestantismo y judaísmo, credos presentes en el país desde mediados del siglo XIX, se han integrado otras expresiones religiosas como el budismo, la santería, la mexicanidad, o bien el conglomerado de prácticas y creencias de la Nueva Era, así como las expresiones marginales de la Santa Muerte y Jesús Malverde. Incluso algunas personas han optado por abandonar todo tipo de creencias religiosas y declararse abiertamente no creyentes.

Desde décadas atrás ha aumentado el número de personas que dejan el catolicismo y se integran a las otras religiones, mientras que otros tantos deciden abandonar la Iglesia católica pero no abandonar a la fe.

Ésta es otra de las importantes transformaciones en el panorama religioso. Cuando Juan Pablo II visitó el país por primera vez, el sacerdote aún era visto como el representante directo de Dios, por lo que hacerle alguna crítica implicaba criticar el corazón de la religión. Ahora es diferente: poco a poco se ha distinguido entre la figura del sacerdote como simple mortal, y el representante de lo divino. El reclamo actual consiste en señalar que la Iglesia es parte de la sociedad y que no está por encima de ella. No obstante, ese cambio en la percepción no ha mermado ese blindaje que la institución ha impuesto sobre los sacerdotes acusados de pederastia. Desde la década de los noventa las denuncias en contra de sacerdotes, en especial en contra de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, junto con las denuncias a sacerdotes como Nicolás Aguilar, a quien Norberto Rivera envió a los Estados Unidos con el fin de protegerlo, han mermado la confianza de los fieles hacia el clero católico.

Por estas razones, la visita de Benedicto XVI no movió a las masas como lo hizo su antecesor. Desde su nombramiento como Sumo Pontífice las comparaciones fueron inevitables: el nuevo Papa no tiene el mismo carisma o simpatía que Juan Pablo II, por lo que el intento de encantar al pueblo mexicano resultaba todo un reto.  La táctica empleada para tal fin fue la evocación del pasado: el uso de anuncios comerciales con imágenes de Juan Pablo II e incluso la sola sustitución de la imagen del pontífice anterior con la del actual. 

Pero el encantamiento, al parecer, no funcionó. A pesar de los constantes reportes y enlaces en vivo de cada una de las actividades de Benedicto XVI no se vieron las calles repletas de fieles embelesados con la figura de este nuevo vicario. Al contrario: sólo podían verse apenas algunas miles de personas en los recorridos en carretera. Quizá el único momento en el que sí fue visto ante una gran multitud fue en la celebración eucarística llevada a cabo en el Cerro del Cubilete, lugar representativo de la lucha cristera.

Por ahora, queda claro que la visita del Vicario de Cristo no ha logrado resarcir la pérdida de credibilidad de la Iglesia católica mexicana. Estamos lejos de ver el final del catolicismo en el país.  Ya sea por tradición o por convicción, el catolicismo sigue presente en la vida de cientos de mexicanos, pero cada uno de ellos vive su religiosidad de manera diferente, en muchas ocasiones alejados de lo dictado por la Iglesia.

1 comentarios:

  • Olmo Axayacatl says:
    1 de mayo de 2012, 11:45

    Interesante el texto.

    A mi parecer la iglesia católica está llegando a un punto de quiebre como no se había visto nunca, pues ya no pueden esconder todas las barbaridades que sus líderes han cometido, ni por más dinero que tengan pueden tapar todo.

    Ahora bien, Juan Pablo II tenía una imagen de conciliador que lo hacía muy querido, pero tapó los abusos de Marcial Maciel y eso no tiene perdón. De Benedicto XVI ni que decir, en cuestión de imagen era lo peor que pudieron elegir, además no es conciliador y no refleja lo poco bueno que pueda quedar en su iglesia.

Publicar un comentario