martes, 11 de diciembre de 2012

¿Cuánto pesa una mentada de madre? *actualizada*

¿Cuánto pesa una mentada de madre?*
Libertad de expresión y Derecho a ofender

Por Rodrigo Ernesto Álvarez Aguilera.

Imaginemos dos grupos de homínidos (muy parecidos a unos chimpancés) deambulando erguidos en lados opuestos de un río de África oriental. Cada uno de los individuos que conforman los distintos grupos es importante y difícil de reemplazar, su desarrollo es lento y se ha invertido tiempo y esfuerzo en ellos, incluyendo a los más pequeños. Ambos grupos requieren los mismos recursos para su subsistencia, pero éstos se encuentran sólo en uno de los lados del río. Por estas razones el combate cuerpo a cuerpo resulta muy costoso en términos biológicos y económicos. 

Estos animales han desarrollado técnicas de intimidación para evitar en la medida de lo posible la agresión: recurren a gritos, alaridos y despliegues de fuerza; rompen ramas, arrojan tierra, heces y escupen al grupo contrario (igualito que la porra de los Pumas). Cada una de estas manifestaciones es señal de una agresión inminente si el otro grupo decide cruzar el río. 

Un grupo de machos del colectivo más necesitado decide probar su suerte y cruza el río. Del otro lado la gran mayoría de hembras huye cargando a las crías más pequeñas, el resto de los pequeños intenta alcanzarlas, algunos desisten y trepan a los árboles. Sólo se quedan en la orilla los machos adultos y algunas hembras adultas sin crías. Los individuos alfa se colocan al frente de sus respectivos grupos. 

Cuando los dos grupos se encuentran cara a cara la violencia no se hace esperar: mordidas que arrancan carne y golpes que machacan huesos. La bipedestación les ha dado una gran ventaja, ahora tienen las manos libres para tomar cuanto está a su alcance y pueden usarlo como arma o herramienta; según sea el caso. Cogen ramas y arrojan piedras; los más fuertes levantan piedras grandes para aplastar cráneos. Unos cuantos machos logran escapar de la escaramuza y van tras las hembras y las crías que huyeron. Cuando las alcanzan matan a todas las crías y a las hembras que intentan defenderse. Sólo sobreviven las hembras que se someten. Pinches changos pasados de verga... 

Algunas de estas reacciones, pese a los miles de años de evolución de nuestra especie, no han cambiado: aún seguimos reaccionando de forma visceral ante lo que consideramos como una amenaza, lo sea o no. Cuando un semejante alza la voz o hace algún despliegue de fuerza, sin importar nuestra edad o género, seguimos temiendo una agresión inminente, nuestra reacción natural sigue siendo el impulso de atacar primero. 

Estas reminiscencias de nuestro origen biológico hacen que creamos que los conceptos de «amenaza», «agresión» y más tarde el de «ofensa» son sinónimos y que dichas acciones deben ser reprobables, combatidas y sancionadas por igual. 

Estos pinches changos salieron con la puntada de crear cultura y civilizarse: dejaron de vivir en los árboles, de ordeñar a sus mujeres, de cogerse a sus chivas y de poner a trabajar a los hijos. Crearon en sus cabezas varias entidades sobrenaturales ─que si el muertito viviente, que si el árbol del conocimiento, que si el osito panda que aún no anda y su chingada madre envuelta en pasta hojaldre─ y los muy cabrones se ofendían si alguien hablaba mal de ellas o las veía feo. Esto causa, en parte, que empiece a desarrollarse el concepto de «ofensa», considerando una agresión personal aquellas formas de expresión que en realidad no atentan contra la integridad del «ofendido». 

Ese proceso de civilización, aunado a nuestra carga biológica, trae como consecuencia que nos ofendamos por la transgresión de los conceptos: lo sagrado, el honor, la virtud y toda clase de pendejadas. Aquél que nos ofende suele ser considerado como un rival, un chango del otro lado del río, que al proferir la ofensa nos hace sentir amenazados, lo cual trae una consecuencia lógica: agredimos. 

Para justificarnos elevamos la amenaza al nivel de agresión y, ya si nos queremos pasar de verga, inventamos un terminajo por demás paradójico y contradictorio: agresión verbal

Afortunadamente ese mismo proceso civilizatorio nos trajo cosas buenas: tras un par de guerras y unos cuantos muertitos se llegó a la conclusión de que el ser humano tiene el derecho de pensar como le dé la gana y de decir lo que está pensando. En pocas palabras: libertad de pensamiento y libertad de expresión. Como de la libertad de pensamiento ya han hablado otros (aunque muchos no lo apliquen) me enfocaré en la libertad de expresión. 

La libertad de expresión conlleva el riesgo de escuchar cosas que pueden resultarnos incómodas, molestas o francamente repulsivas, pero nuestro desagrado no es razón suficiente para querer que esa libertad sea coartada. Citando a George Orwell: «Freedom is the right to tell people what they do not want to hear» («La libertad es el derecho de decir a la gente lo que no quiere oir»). 

Parte de esa libertad de expresión, por desagradable que nos resulte, es el llamado Derecho a ofender

Al expresarnos libremente, en algún momento ofendemos a los dioses, el honor de nuestros padres, la santidad de nuestras madres, la virtud de nuestras hermanas y también su castidad... y esto mucha gente no lo acepta. Muchos valoran más la supuesta sacralidad de una idea que la integridad física de una persona. En ningún caso es aceptable responder a una ofensa a nuestras creencias o a nuestras ideas con una agresión; las ideas podrán amenazar nuestra visión de la vida, pero no nuestra integridad física. Las ideas no son seres vivos, no son entidades independientes, no piensan, no sienten, no tienen voluntad, no se ofenden. Los que se ofenden son sus portadores y su promotores, mismos que suelen ser unos idiotas. 

¿Por qué son idiotas? Pensemos en el caso de Theo Van Gogh
Las religiones organizadas fueron siempre objeto de su sarcasmo. Su estilo irónico y cínico presentaba su visión demoledora del islam. A partir de un guión de Ayaan Hirsi Ali, produjo y realizó el cortometraje Submission («Sumisión»), que aborda el tema de la violencia contra las mujeres en las sociedades islámicas. El filme se emitió en la televisión holandesa en agosto de 2004 y provocó gran indignación entre los musulmanes, que lo tacharon de «blasfemo». La película muestra a cuatro mujeres maltratadas y semidesnudas cuyos cuerpos han sido caligrafiados con textos denigrantes para la mujer, tomados del Corán. 
Van Gogh, que pese a las amenazas de muerte recibidas eludía la protección policial, fue asesinado poco después por un islamista holandés de origen marroquí en plena calle. Van Gogh se dirigía en bicicleta a su trabajo cuando un tal Mohammed Bouyeri, de 26 años y miembro de una organización islamista radical, le disparó, derribándolo de la bicicleta. Lo remató a quemarropa en el suelo con ocho tiros más, lo apuñaló varias veces y finalmente lo degolló. En el cadáver del director, clavada con un cuchillo en el pecho, el asesino dejó una carta de cinco páginas, firmada «en nombre de Alá», que incluía amenazas a los gobiernos occidentales, a los judíos y a los no creyentes en Mahoma. La carta iba dirigida a Ayaan Hirsi Ali y les prometía a ella y a otros dirigentes holandeses (que citaba por sus nombres) un final similar. 
El autor del crimen, Mohammed Bouyeri, fue detenido poco después. «Actué estrictamente en nombre de mi religión —declaró al Tribunal— Algún día, si me liberasen, haría exactamente lo mismo». Dirigiéndose a la madre de van Gogh, le dijo: «No puedo sentir nada por usted [...] porque creo que es una infiel». El 26 de julio de 2005 fue sentenciado a cadena perpetua. 
Los fanáticos religiosos no son los únicos en caer en este hoyo. Esta idea de considerar la ofensa como amenaza y como agresión está presente en otros ámbitos de nuestra vida diaria: 

─ La corrección política. Pensemos en el uso de las palabras «negro», «gordo», «puto», en los chistes a costa de minorías y demás. 

─ El bullying. Hay que saber distinguirlo cuando de verdad se presenta y no confundirlo con la llamada «violencia verbal». 

 ─ Esas mismas ideas entre los mismos ateos. Pensemos en 3 casos nada más: 
  • Rebecca Watson, el ejemplo perfecto de una atea feminazi intolerante. Como si una invitación a tomar un café fuese un intento de violación.
  • El asunto de la vulva eliminada de un grupo de Facebook. Ahora resulta que hay blasfemias que se permiten y otras que no.
  • El que en un grupo de ateos se diga que se permite la blasfemia «siempre y cuando sea de buen gusto».
Aquí entra el chiste de «ora sí agarren piedras»: mientras la burla sea a aquellos que también nos divierten o contra quienes no nos agradan la veremos como expresión libre; cuando el chiste va contra algo que respetamos (que consideramos sagrado) reaccionamos exactamente igual que aquellos de quienes nos quejamos. 

Para efectos prácticos, lo agradable o desagradable de las palabras depende más de quien las escucha que de quien las pronuncia. Pues es responsabilidad del receptor el ofenderse o no, independientemente de la intención o el discurso del emisor. 

Nos sentimos agredidos cuando opiniones contrarias a las nuestras son dirigidas hacia nuestra persona, nuestro aspecto o cualquier cosa de la que dependa nuestra autoestima. No existe tal agresión, por crueles o burlones que puedan ser los comentarios son sólo eso y, desde luego, entran en el campo de lo subjetivo. Violencia y crueldad tampoco son sinónimos. 

Gratuitamente llamamos violencia a muchas manifestaciones que nos incomodan y deseamos censurar. Resulta muy cómodo rechazar el conflicto de ideas y buscamos justificación para imponer nuestras opiniones por la fuerza. Seguimos actuando como niños de 12 años. 

Discriminamos todo el tiempo: al escoger ropa, comida, incluso amistades. Somos selectivos por naturaleza y no hay nada de malo en ello. La segregación y la marginación son otro asunto: coartar las libertades de una persona o un colectivo es algo reprobable e injustificable, no así el emitir opiniones respecto a estos individuos y sus colectivos. 

El manifestar mi desagrado o rechazo por tal o cual individuo o idea no implica marginación. Tampoco significan lo mismo las frases «no me gusta» y «está mal». 

Respeto el derecho de las personas a profesar una religión y a congregarse para celebrar sus ritos, pero eso no tiene por qué impedirme el manifestar mis mis opiniones respecto a sus creencias prácticas: las considero absurdas y retrógradas. Lo mismo se aplica a los grupos étnicos o a las personas con discapacidad: respeto sus derechos pero puedo emitir juicios y opiniones respecto a sus conductas, ideologías, tradiciones o su olor corporal. 

Ésto es segregación y marginación:
  • Segregación es impedir que una mujer negra utilice uno de los asientos delanteros de un autobús en el sur de Estados Unidos o negarle los mismos asientos a un varón mayor de 12 años y menor de 60 en la Ciudad de México. Si, en esta ciudad vivimos una segregación sexual, como sucede en los estados confesionales islámicos.
  • Marginación es el negarle un trabajo a una persona por su condición de género o por su orientación sexual, por como se viste o piensa, no así el llamarle «puta», «maricón», «punketo» o «pinche hereje».
  • Decir que Rebecca Watson es una pendeja no es discriminación, es describir un hecho. 
En última instancia y volviendo al título de esta presentación: ¿Cómo es el clima en la chingada? ¿Cuánto pesa una mentada de madre? ¿Cómo medimos el grado de ofensa de una palabra? La agresión es cuantificable: después de miles de años podemos saber si a un chango lo aplastó una piedra, le arrancaron la carne de los huesos con los dientes o con un utensilio de piedra. Así de objetivo y evidente es el pedo. Puedes medir la diferencia ─enorme─ entre el daño causado por un puñetazo mío y el daño causado por uno lanzado por Mike Tyson. 

No es posible construir un estado de bienestar sin libertad de expresión. Para alcanzar esta libertad es necesario ejercer en pleno el derecho a ofender con cualquier manifestación, llámese blasfemia, señalamientos, sátira, burla, risa, parodia, entre otras; sin importar que resulte ofensiva contra una élite, un grupo socialmente aceptado o un grupo de poder. El ejercicio de este derecho no tendría porqué ser motivo de muerte, persecución o marginación. La libertad no debe depender del país de origen, el color de piel o el patrimonio cultural. 

Una opinión contraria es un ataque a las ideas, no a la persona. El adversario se vale de la palabra y la razón (o la sinrazón si es pertinente). Cualquier ataque a las ideas debe defenderse empleando las mismas armas. 

Fuentes: 





Rosa Parks - Derechos civiles y actividad política

* Ponencia presentada el 7 de diciembre de 2012 en el Primer Congreso Mexicano de Ateísmo, celebrado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

** Actualización: aquí pueden ver los videos tanto de la ponencia como de la sesión de preguntas y respuestas en torno a ella.


6 comentarios:

  • Monica says:
    11 de diciembre de 2012, 12:35

    Para ser un congreso chairoateo (y me incluyo) me sorprendieron las reacciones en contra.

    Y la mentada de madre sí pesa, porque cuando la dices hasta te sientes ligerito.

    :D

  • Monica says:
    11 de diciembre de 2012, 12:37

    Ah, se me pasó comentar:

    Estoy armando la memoria electrónica, así que pasaré esta ponencia a PDF, si no tienen inconveniente.

  • Alejandro Sierra says:
    26 de diciembre de 2012, 12:32

    Muchas reacciones fueron emocionales, aunque la propuesta era positiva: no reaccionar con violencia ante una agresión verbal. Pero lo que es falso es que no se pueda medir. Una agresión verbal genera una reacción de estrés inmediata, similar a la de una bofetada. Se puede medir por medios convencionales, como un ECG o por medios modernos, como una resonancia magnética funcional.

  • Absalón Ramírez says:
    7 de junio de 2013, 15:07

    Borraron mi comentario. ¿Por qué? ¿Acaso no tengo libertad para expresarme? Para eso me gustaban. ¿Dónde está la coherencia? No valen ni un cacahuate sus "argumentos" de mierda.

  • Absalón Ramírez says:
    7 de junio de 2013, 15:09

    En el fondo esos apologetas de la libertad de expresión sin cortapisas tienden a ser de lo más ñoño y espantado que existe.

  • Historias Clandestinas says:
    26 de junio de 2013, 10:09

    Absalón:

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